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MI ENCUENTRO CON LA LITERATURA
(Vanguardia de Veracruz).-Los caminos para afiliarse en la lectura son impredecibles. Yo me puedo ufanar que despertó mi interés por la lectura un hecho curioso e inesperado.
Un tío, primo de Margot mi madre, que radicaba en la ciudad de México vino a visitarnos, y como regalo de navidad me trajo la novela “La isla del tesoro” de un autor que, por supuesto, a mis trece años no tenía el gusto de conocer, particularmente por ser escocés (él), a pesar de ser un clásico de la literatura de aventura.
En ese tiempo tenía en el vértice de sus entretenimientos jugar béisbol llanero con mis primos y vecinos, al influjo de la afición que despertó la Liga Invernal Veracruzana donde participaba el equipo “Petroleros” de Poza Rica. Para mí, leer un libro de “pura letra”, es decir, sin dibujos, era una tortura o en el mejor de los casos una verdadera “aburrición”, prejuzgué.
Agradecí el obsequio como todo niño bien educadito, aunque a ciencia cierta no sé si pude evitar el gesto de menguado entusiasmo que debe haberse reflejado en mi rostro.
La obra cumbre de Robert Louis Stevenson anduvo naufragando durante meses por toda la casa. Yo le rehuía, y mis hermanos se justificaban aduciendo que la novela era mía y se defendían aduciendo que “en el pecado va la penitencia”.
Hasta que un día Margot me dijo: “Me escribió tu tío Gustavo y me preguntó si te había gustado la novela que te regaló”. Yo presentí que una calamidad me amenazaba; el desdén por el libro, la contrariedad de mis padres, la falta de excusas por no haberla leído en un año. Sería una decepción para el tío, una afrenta para la familia, un estigma para la colonia y un pecado capital para un estudiante de Secundaria.
No sabía que, en 1955, en promedio el mexicano leía dos libros y medio al año, lo que tampoco me hubiera salvado, ya que mi indolencia no figuraba en ese rango.
Como quien se encamina al patíbulo, me senté en un amplio sillón de mimbre de la sala y le eché un vistazo a la portada: sobre la cubierta de un barco unos piratas feroces amenazaban a un niño aterrorizado. Comencé la primera de las 280 páginas.
Conforme avancé en la lectura, aparecieron piratas indómitos, mares azules bajo un sol fulgurante, tabernas animadas con riñas sangrientas, marineros con un ojo parchado, uno con pata de palo y un loro al hombro, velas hinchadas por ráfagas de viento, y un niño que en la cubierta, oculto en un tonel descubre un motín para apoderarse del barco, un mapa enigmático y viejo, y una isla que ocultaba un fabuloso tesoro, lo que implicaba dar muerte al capitán y su gente.
Toda esta aventura insospechada se la platiqué a mis condiscípulos que según me di cuenta leían menos que yo. Creyeron que se trataba de una película, pero con cierta presunción les aclaré: “Es una novela muy emocionante que acabo de leer”. Mis cimientos como lector tuvieron una “primera piedra”, impactante.
Cuando mi tío Gustavo me preguntó mostrando los regalos navideños: “Qué prefieres, ¿esta pistolita o esta novela?, vi que se trataba de un ejemplar de “Corazón, diario de un niño” de Edmundo D´ Amicis, entonces contesté sin titubeos: ¡El libro! Luego leí el cuento Macario de B. Traven y en la biblioteca de la escuela la novela Casi el Paraíso de Luis Spota. Por azahares del destino en esa temporada escribí mis primeros renglones cortos en el semanario El Sol de Poza Rica que dirigía el tuxpeño Héctor García Solís.
Pero resulta que en 1960, mi hermana Irma y yo nos fuimos a radicar a la ciudad de México cuando ingresamos a la UNAM, ella a estudiar Odontología y yo Derecho.
En los días previos a la llegada del giro telegráfico conteniendo la quincena, los pupilos desfalcados en nuestro tesoro nos entreteníamos tocando la guitarra y leyendo “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” del chileno Pablo Neruda, premio Nobel de Literatura en 1945, desde entonces ya en la cúspide de la fama. Yo no sabía que en realidad se llamaba Neftalí Ricardo Reyes Basoalto y pertenecía al Partido Comunista, lo que consideraba algo así como una travesura.
Hasta este momento todavía no me podía considerar aficionado a la lectura de recreación. Leía un libro esporádicamente y de preferencia novelas llevadas a la pantalla grande, por lo que descubrí que la literatura era un arte mayor y nunca la cinematografía la podrá superar.
Se dio el caso que, avanzado el año de 1964, unos compañeros me invitaron al Café Kiko de la Avenida Juárez, frente a la estatua ecuestre del monarca español Carlos IV, monumental obra de Manuel Tolsá, mejor conocida como El Caballito porque al pueblo le llamó más la atención el cuadrúpedo que el jinete.
En la cafetería departía el maestro José Muñoz Cota con sus amigos, periodistas, escritores, alumnos y algunos de mis condiscípulos de la Facultad de Derecho. Abordaban temas de viajes, anécdotas, política, arte, historia, problemas económicos, personajes célebres, y algún chismecito protagonizado por gobernantes analfabetas o rapaces.
Al salir de la tertulia, gratamente impresionado por la erudición de Don Pepe, la amenidad y la fluidez de la plática, mis amigos me comentaron que el maestro impartía la asignatura de Oratoria en la Preparatoria de Tacubaya.
Creció mi admiración cuando supe que había sido el primer campeón nacional de oratoria en 1926 en un concurso organizado por el periódico El Universal; orador en la campaña presidencial del general Lázaro Cárdenas, jefe del Instituto Nacional de Bellas Artes, diputado federal, dramaturgo, poeta, embajador en Honduras, Colombia y Paraguay. Posteriormente partidario de Miguel Henríquez Guzmán, candidato de la Federación de Partidos del Pueblo contra Adolfo Ruiz Cortines candidato del PRI en 1952. Era Muñoz Cota un prestigiado y ameno periodista, novelista y hombre de una vasta cultura.
Durante semanas, fui puntual asistente a la cafetería y en el siguiente curso en plantel de Tacubaya asistí a clases; incursioné por el camino de la elocuencia conducido por el caballeroso maestro Muñoz Cota, de clara inteligencia y como todos los grandes hombres, modesto, al que respaldaba su esposa la maestra Alicia Pérez Salazar, paciente y estricta.
“Para poder disertar primero hay que leer, leer, leer infatigablemente, hay que adquirir cultura. Leer es como depositar dinero en una cuenta bancaria; cuando vayas a disertar, retiras parte de tu capital para que lo conviertas en frases conceptuosas, giros elocuentes. La voz es la principal herramienta y el ademán su complemento. La dicción debe ser clara, debes separar una palabra de la siguiente, no empatarlas. La boca es la caja de resonancia que debe proyectar la voz hasta la última fila del auditorio. Hay que nadar o trotar para ejercitar la respiración, a fin de que no se agote el aire durante el desarrollo del discurso.
La conferencia es analítica, el discurso emotivo y la arenga incendiaria. La disertación es reflejo de la convicción, de la verdad individual, el lenguaje pulcro, elegante, evitando los lugares comunes o la diatriba. “Que nadie suba a la tribuna sin motivo ni baje de ella son dignidad”, nos recomendaba con una sencillez contundente. Yo seguía al pie de la letra sus consejos.
“La poesía te permite desarrollar la imaginación para la construcción de metáforas”, era una de sus recomendaciones. Así, entré al galano arte de leer. La literatura fue el instrumento para forjar la pieza oratoria consistente y fundamentada. De otra manera se cae en la perorata de relumbrón propia de un merolico o de un jilguero, nos decía jocosamente Don Pepe.
De esta manera encontré verdaderas joyas a nivel mundial: La Iliada y La Odisea de Homero; Edipo Rey, de Sófocles; Crimen y Castigo de Dostoyevski; El rey Lear de Shakespeare; Don Quijote, de Cervantes; El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca; Bodas de Sangre, de García Lorca; Los Miserables de Víctor Hugo; Las mil y una noches; El Viejo y el Mar de Hemingway; El conde de Montecristo, de Dumas, y otras obras de calidad indiscutible. Entendí que vivir sin leer sería vivir sin vivir.
Disfruté también: La región más transparente de Carlos Fuentes, El laberinto de la soledad de Octavio Paz, Cien años de soledad de García Márquez, Rayuela de Julio Cortázar, El llano en llamas y Pedro Páramo de Juan Rulfo, y otros autores latinoamericanos. Y en esa abundancia de temas ocupaban mi atención textos sobre historia, economía, teatro, política y biografías.
El esfuerzo y la constancia durante dos años produjeron resultados inolvidables y muy satisfactorios: obtuve el triunfo en algunos concursos de oratoria entre 1964 y 67. Al año siguiente el movimiento estudiantil desplazó los torneos de la elocuencia.
Desde entonces, dos son los pilares de mi mundo maravilloso: leer, que es “el camino seguro para adquirir una cultura sólida”, decía el maestro Muñoz Cota, y escribir, donde encuentra cause mucho de lo aprendido en los libros y la reflexión. Poco a poco me alejé de la tribuna, y el discurso se convirtió en un amable recuerdo, en compensación comencé a escribir discursos y otros temas de mi predilección que difundo en periódicos, revistas, libros, radio, conferencias o programas de video.
Por Leonardo Zaleta.
Cronista de la ciudad.
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Ordenar para invertir: Rocío Nahle
Ordenar para invertir: Rocío Nahle
En la administración pública, pocas decisiones son tan visibles como la compra de activos, pero pocas son tan determinantes como la depuración de lo que ya no sirve.
No es minúsculo el reto que se ha planteado la gobernadora Rocío Nahle García, porque no es solo una política de ajuste, sino en sostenerla en el tiempo.
El proyecto lo tiene claro: ordenar el presente es, en el fondo, una forma de financiar el futuro.
“Llegamos a ordenar” y “orden, orden, orden”, han sido las frases más enunciadas de la primera mujer gobernadora.
Y en #Veracruz, ambas rutas están ocurriendo al mismo tiempo y revelan una lógica de gobierno que va más allá de la simple adquisición: una reestructura basada en eficiencia y disciplina financiera.
Por ello, mientras Rocío Nahle incorpora helicópteros, ambulancias, pipas y equipo especializado para atender emergencias, seguridad y servicios públicos, también reconoce un problema estructural acumulado durante años: miles de vehículos inservibles, abandonados o convertidos en chatarra que, lejos de representar patrimonio, generan gasto constante.
La normativa obliga a mantener aseguradas estas unidades y cubrir obligaciones fiscales como la tenencia, aun cuando no estén en operación. Es decir, el gobierno paga por activos que no sirven.
Y es ahí donde la disciplina financiera deja de ser discurso y se convierte en acción: identificar el problema, cuantificarlo y tomar decisiones para eliminar esa carga.
La ruta elegida —dar de baja estos bienes con autorización del Congreso y llevarlos a subasta— no sólo limpia inventarios, también libera recursos. Es una medida que, en términos administrativos, implica pasar de un modelo de acumulación pasiva a uno de gestión activa del patrimonio público.
Hoy en #Veracruz se puede observar una lógica, que gobernar también es ordenar lo que nadie quiso atender.
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El rescate que incomoda: deuda, poder y memoria corta
El rescate que incomoda: deuda, poder y memoria corta
Astrolabio Político
Por: Luis Ramírez Baqueiro
“Quien nada arriesga, nada tiene derecho a esperar”. – Friedrich von Schiller.
En #Veracruz, la historia financiera reciente no se explica sin un capítulo que todavía duele: la bursatilización de las participaciones federales municipales. Un mecanismo vendido como solución inmediata, pero que terminó convirtiéndose en una camisa de fuerza para 199 ayuntamientos. Hoy, ese pasado regresa al centro del debate, no por nostalgia, sino por la decisión de la gobernadora Rocío Nahle García de desmontar —de una vez por todas— uno de los engranajes más perversos de la ingeniería financiera estatal.
Conviene recordar el origen. Bajo el gobierno de Fidel Herrera Beltrán y operado con precisión quirúrgica durante la administración de Javier Duarte de Ochoa, el esquema de bursatilización ofreció a los municipios liquidez inmediata a cambio de comprometer ingresos futuros. Era, en términos simples, hipotecar el mañana para sobrevivir el presente. El problema no fue solo el instrumento financiero, sino el contexto: opacidad, tasas elevadas y una cadena de intermediarios que hicieron de la deuda un negocio redondo.
Los resultados están a la vista: ayuntamientos que, en muchos casos, ya pagaron dos veces el valor original del crédito y siguen atrapados en una espiral que limita su capacidad de inversión. Calles sin pavimentar, servicios deficientes y presupuestos atados a decisiones tomadas hace más de una década. Esa es la herencia real de la “ingeniería financiera” que hoy algunos pretenden olvidar.
Ahí es donde entra la actual administración estatal. Lo que está en marcha no es una ocurrencia ni un acto de voluntarismo político: es una estrategia integral de saneamiento. Desde el inicio de su gestión, Nahle García apostó por una premisa elemental pero poco practicada: no gastar más de lo que se tiene. Bajo ese principio se han implementado medidas que, aunque poco espectaculares, resultan estructurales: depuración de nómina, eliminación de “aviadores”, disciplina presupuestal, revisión de pasivos y renegociación de intereses.
Pero el punto de quiebre está en el siguiente paso: intervenir en el esquema de bursatilización municipal. La propuesta —tan técnica como políticamente disruptiva— consiste en que el gobierno estatal adquiera la deuda que hoy está en manos de tenedores privados, para reestructurarla bajo condiciones más favorables y liberar a los municipios de esa carga asfixiante.
No es menor. Significa arrebatarle a los mercados financieros un negocio de largo plazo y devolver margen de maniobra a los ayuntamientos. Significa, también, que el Estado asuma un rol activo donde antes predominaba la lógica de la intermediación privada.
La reacción de la oposición era previsible. PAN y PRI cuestionan costos, sospechan intenciones y lanzan preguntas que, en el fondo, evitan una más incómoda: ¿quién creó el problema? Porque el debate no puede aislarse del origen. Fueron justamente esos grupos políticos los que, en su momento, avalaron o diseñaron los mecanismos que hoy mantienen atados a los municipios.
El argumento de que “le costará caro al Estado” merece matices. ¿Más caro que seguir transfiriendo recursos durante años a esquemas financieros que ya se han cobrado varias veces? ¿Más oneroso que perpetuar la dependencia de los municipios frente a contratos que no controlan? El costo real no está solo en pesos, sino en oportunidades perdidas.
Por supuesto, no hay soluciones mágicas. El rescate implica riesgos, exige transparencia y demanda una ejecución impecable. Pero también abre una posibilidad inédita: que los municipios recuperen capacidad de inversión, que el dinero público deje de alimentar inercias financieras y que la deuda deje de ser un instrumento de control político y económico.
Lo que realmente está en juego no es solo un esquema financiero, sino una forma de entender el poder. Durante años, la deuda fue utilizada como palanca de sometimiento: quien controla el flujo, controla la decisión. Desmontar ese modelo implica redistribuir poder hacia lo local, hacia los ayuntamientos, hacia la obra pública tangible.
Por eso incomoda. Porque rompe inercias. Porque exhibe excesos pasados. Y porque demuestra que, con orden y voluntad política, incluso los problemas más enraizados pueden enfrentarse.
La pregunta de fondo no es cuánto cuesta rescatar a los municipios. La pregunta es cuánto le ha costado a Veracruz no hacerlo antes.
Al tiempo.
“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx
Rocío Nahle anuncia plan para liquidar deuda de bursatilización en municipios de Veracruz
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Día Mundial del Libro
Al Mtro. Juan Nicolás Callejas Roldán
Con inmodificable afecto
Poza Rica, Ver. (Vanguardia de Veracruz).- Qué bueno que este día se dedicó al libro, y tratando de impulsar la lectura debemos tener presente que los libros no muerden, hay que acercarnos a ellos, los libros nos cultivan, nos sensibilizan, nos orientan, nos preparan y nos aclaran la visión del mundo y de la vida; ¡¡cuántas frases sugestivas hay al respecto!!: “No leo para saber más, sino para ignorar menos”, “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”, “Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora” … “No lees porque no sabes o no sabes porque no lees”, “Educa a los niños y no será necesario castigar a los hombres”… Los libros nos enseñan que se puede aprender del pasado, que se puede soñar con el futuro, pero que se debe vivir en el presente. Un libro puede sintetizar una época y develar el alma de una sociedad.
Aprovecho este Día del Libro para prestigiar la imagen de un célebre escritor que a través de la historia arbitrariamente es juzgado, me refiero a Nicolás Maquiavelo, quien fue diplomático, filosofo, político y escritor florentino, fundamentalmente en el renacimiento y considerado el padre de la ciencia política moderna, su obra más brillante fue “El Príncipe”; actualmente a este gran personaje algunos lo identifican como un hombre perverso, sin escrúpulos, nada de eso es cierto. El analizó el poder realista, separando la política de la moral tradicional; le adjudican la frase “El fin justifica los medios”, frase que nunca escribió. Por esta razón, entre otras, debemos leer para no decir lo que otros dicen, que, aunque se repita mil veces, siempre será una mentira o una falsedad.
Ahora, en esta fecha, en este día dedicado a la cultura ¿Deseas que te recomendemos un libro? Con gusto lo haremos. Además de la Biblia y el Quijote de la Mancha, te agregamos: Un son que canta en el río, El Corazón de Piedra Verde, Siddhartha, Sinuhé el egipcio, El llano en llamas, El principito, Más cornadas da el hambre, Casi el paraíso, Los renglones torcidos de Dios, El padrino, El casco de botella y, por supuesto, a esta breve sugerencia agregamos, La Historia de Alois Walterio (Un enlace con la vida extraterrestre) de mi autoría.
¿Quieres leer un libro y no lo tienes?
Festejemos el Día del Libro haciéndotelo llegar, sólo por este día, felicidades a todos los escritores y a todas las editoras.
Cordialmente
Rafael Martínez Zaleta
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